Impulsados por los años y las nostalgias son muchos (todavía
no me toco) los que se vuelven a juntar con sus compañeros de la secundaria. Si
bien, como dijo Dolina, los que asisten no son aquellos pibes que recordamos,
sino sus sombras de hombres adultos, los recuerdos reconfortan al comienzo de
cada anécdota antecedida por el clásico “te acordás?” y la cara que advierte
algo desopilante.
Una nueva herramienta llegó hace unos años para ahorrarnos
el trabajo de decidir a qué pizzería vamos a comer el día de la re-unión. Es el
Facebook. En la red social vemos las fotos de los pequeños hijos, de las chicas
que pudieron recorrer el mundo, de los chicos pisteros al lado de sus autos, de
los hippies que viajaron al norte o al sur…
Con esas imágenes empezamos a redescubrir a nuestros amigos
de la adolescencia. El gordo que adelgazó, el enano que creció, la religiosa que
fue madre, la modelito que empezó a militar en el PC. Y los que siguen iguales,
claro.
Con sus comentarios y sus artículos compartidos comenzamos a
verlos, a ver qué piensan. Y cuando piensan tan distinto a uno, empiezan las
preguntas.
Nos damos cuenta de que aquello que nos unió, incluso con
los más amigos, se deshace. Podemos pensar distinto, y eso habla bien de
nuestra escuela que nos hizo lo más libres posible, pero cuando estamos tan
separados en la concepción del mundo… auch!
Ellos, con los que compartimos las primeras cervezas, ahora
creen que soy una ignorante por votar a un gobernante al que ellos odian.
Esa chica, a la que llevé a un hospital por un estúpido
intento de suicidio por un chico, ve el mundo con distintos anteojos que los míos.
Entonces se pregunta uno ¿quién cambió en estos diez años? ¿Yo? ¿Ellos? ¿Todos?
No es que haya una verdad aquí. Claro que no. Pero esos
alfajores de recreo, ya no estarían acompañados de banales problemas de
polleras y pantalones, de lecciones aprendidas a las apuradas.
Estamos distintos, estamos grandes. Ya no somos los que
fuimos. ¿O ahora somos los que éramos?
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